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UNA INSÓLITA HISTORIA DE AMOR Y DE ESPERANZA.

UNA INSÓLITA HISTORIA DE AMOR Y DE ESPERANZA.

Oseas era un hombre recio, de fuerte temperamento y poseía una personalidad carismática. Conocía muy bien las actividades agrícolas y la vida de campo, aunque probablemente era panadero de oficio. Sin embargo, fue conocido por su relación con la iglesia y por la notable capacidad oratoria para arengar al pueblo a llevar una vida más consagrada a Dios. Le tocó actuar en una época muy convulsionada políticamente, dominada por la corrupción de las altas esferas, las conspiraciones, el fraude y cierta debilidad complaciente de los más. Entonces la voz apasionada de Oseas se elevaba con vehemencia aterradora, denunciando enérgicamente los males del pueblo.
«Mi cólera se ha inflamado contra ellos: ¿hasta cuándo no podrán purificarse?» «Pues que viento siembran, segarán tempestad: tallo que no tendrá espiga, que no dará harina; y si la da, extranjeros la tragarán» (Os.8: 5,7, BJ).
La elocuencia de su lenguaje cargado de figuras vigorosas, impresionaban vivamente a sus oyentes. Su verbosidad aparecía fluida, exuberante, aguda, por momentos exhibiendo un estilo florido y poético, pero siempre ungido con ese aire de solemnidad que imponen los grandes predicadores religiosos.

Posiblemente entre el público reverente y compungido que escuchaba los mensajes amonestadores de Oseas, un día, se encontró una simpática y atractiva dama, Gomer. Sus gestos insinuantes, provocativos y sensuales llamaron la atención del predicador, que hizo caso omiso a las miradas seductoras. Gomer insistió. Su dulce voz, el brillo de los ojos, el encanto de su figura, la rítmica cadencia de sus movimientos al caminar, toda la perfumada feminidad de Gomer finalmente logra ablandar el corazón apasionado de Oseas. La relación rápidamente evolucionó hasta alcanzar el matrimonio.
El fuego del amor ardía vivamente en el nuevo hogar. Muy pronto apareció su primer fruto: un robusto niño que recibió el nombre de Jezreel. La coqueta damisela sufrió el impacto de la maternidad. Sin embargo aún persistía el calor del afecto conyugal que nuevamente ofreció una nueva ofrenda de amor. En esta ocasión fueron los sonidos de una niña los que llenaron el hogar de Oseas y Gomer con las solicitudes de la primera infancia.
La reincidencia en la maternidad fue la ruina para Gomer. No pudo soportar el llanto de los niños, las demandas de la casa y los reclamos de su exigente marido. Especialmente no toleraba perder su bonita figura, el éxito que anteriormente gozaba entre los hombres -o más bien el «séxito»-, la vida fácil y regalada que disfrutaba cuando soltera. La joven madre se resistía a perder su adolescencia. Entonces, poco a poco volvió a ocuparse de su cuerpo, a maquillarse, coquetear y a exhibir el aroma seductor del encanto erótico. No aceptaba lavar pañales y ollas engrasadas, pero sí aprobaba con entusiasmo las invitaciones de sus amigas y amigos.
-«Una tiene derecho a divertirse. La vida no es sólo trabajo, ni atender gurises» , protestaba Gomer ante los reclamos de su esposo.
La voz del predicador se oía, no sólo en plazas y tribunas, sino en su propia casa. La retórica del sermón cambió de estilo. Oseas suplicaba, clamaba, gemía, oraba, lloraba. Abandonó las filípicas encendidas y las vehementes amenazas por los pedidos angustiosos y los sufrientes llamados al cambio. Pero todo resultó en vano. Cuanto más suplicaba el atormentado esposo, más la mujer se alejaba de la casa. Salidas, fiestas, diversiones nocturnas, hombres… Todo lo sabía el impotente marido.
Nuevamente Gomer quedó embarazada. Otro puñal se clavó en el corazón amante de Oseas. ¿No debería repudiar a la adúltera? Eso era lo que mandaba la ley del país. ¿Cómo podría vivir con una mujer que traicionó su amor? ¿No era esta la mayor prueba de su ignominia y rechazo a vivir una vida correcta? ¿Todavía se podría esperar algún cambio? Oseas dio una nueva muestra de misericordia y entrega, aceptaría al niño como si fuese su propio hijo si la madre asumía su lugar en el hogar.

Durante algunas semanas Gomer pareció arrepentida. Se esforzaba por ser cuidadosa con sus hijos y cumplir con el marido. Pero a medida que transcurrían los días se notaba su contrariedad y malestar. Fácilmente se exasperaba, rezongaba todo el día, le gritaba a los chicos, persistía en el gesto hosco y era reacia al cariño de su cónyuge.
– ¡Tendrías que estar entre las ollas todos los días, lavar los pañales y escuchar todo el día el llanto de estos mocosos para saber lo que es esta vida! – protestaba Gomer con agriedad – ¡Es muy fácil decir palabras bonitas por ahí y que todos te aplaudan!» -agregó con ironía.
Bajó la cabeza en silencio y comenzó a sollozar.
– ¡Me has defraudado! ¡Mira mis manos!, cómo las tengo de arrugadas. ¡Fíjate mi rostro!, cómo se marchita. ¡Estoy cansada de vivir encerrada en esta cárcel y ser una fregona. Esta casa me asfixia. ¡No aguanto más!
– Querida Gomer, eres para mi la más bella de todas las mujeres. La luz de cada amanecer. Tu rostro es como la sombra de los robles y los álamos que refrescan el calor de mis días. Los vientos de los años jamás marchitará la flor de mi amor. Se secarán todos los manantiales y se agotará toda fuente pero nunca dejará de fluir el agua clara y transparente de mi cariño por ti.
– Ya me tienes cansada con tu palabrería. ¡Déjame en paz! -salió azotando fuertemente la puerta.
Otra vez los pies de Gomer volvieron a transitar los lugares de la música estridente y de la excitación; los diabólicos escenarios donde se instala la magia de los amores fatuos. Fue protagonista en los teatros de la infidelidad. Oseas se desesperaba. Le habló, le gritó, le suplicó con palabras conmovedoras. Las lágrimas corrieron por sus mejillas. La agonía de su alma se reflejaba en su semblante crispado. Nada pudo vencer el hechizo de la fascinación. Con profunda aflicción reclamó la intercesión de sus hijos:
«¡Acusen ustedes a su madre, acúsenla, porque ella no es ya mi esposa ni yo soy su marido! ¡Qué deje de mostrarse como prostituta! ¡Qué aparte de sus pechos a sus amantes! Si no lo hace, la dejaré desnuda por completo: la pondré como el día en que nació, la convertiré en un desierto, en pura tierra seca,
y la haré morir de sed» (Os.2: 2-3, DHH)

Finalmente ocurrió el triste desenlace. Fue terrible para Oseas, cuando llegó «aquella noche a casa y encontró a Lo-ammi llorando en un rincón y a Jezreel y Lo-ruhama sentados en silencio junto a la mesa sin comer. La madre los había abandonado. Si bien sabía que ese era un hecho inevitable, que todos sus familiares y amistades le aconsejaban que era lo mejor, Oseas nunca perdió la esperanza de que su esposa reformara su vida. Ahora ante su partida, «el corazón de Oseas se quebrantó. ¿Qué podía hacer? ¿Qué podía decir a Gomer o hacer por ella que no hubiera dicho o hecho antes?» (Boice, 1988, 15).
Los años se deslizaron rápidamente por el tobogán del tiempo. Gomer no regresó más. Persistió en la vida libertina. Se dejó arrastrar por la efervescencia turbulenta de las pasiones y el deseo de asir los fulgores engañosos del éxtasis supremo. Pero a medida que se fueron derritiendose los copos de espuma, apagando las luces policromáticas del delirio juvenil, acallando la música impetuosa de los años mozos, se produjo el derrumbe de tantas ilusiones y se impuso la cruel devastación. Gomer engañada por tantos amores perversos que la dejaron en la miseria moral y material, se vio obligado a ejercer el triste oficio del comercio corporal. En aquellos tiempos y lugares cuando la religión estaba al servicio de los dioses del amor, no le fue difícil convertirse en una hieródula, sacerdotisa de la prostitución sagrada.
En tanto sus cualidades físicas le permitieron cumplir sus deberes, encontró un lugar en aquellos altares de la carne. Cuando se hubo agotado el perfume de su vida fue eliminada como envase desechable. En esas tierras sombrías, las personas se comercializaban igual que los bienes, practicándose la abominable institución de la esclavitud. El destino quiso enseñarse aún más con Gomer. Fue arrastrada a remate público. «Se la despojó de sus ropas y los hombres de la ciudad estaban allí contemplando su desnudez mientras participaban en la subasta por ella».
– ¡Doce piezas de plata!, ofertó alguien.
– ¡Trece! -resonó una voz clara y potente.
– ¡Catorce piezas de plata!
– ¡Quince! -volvió a insistir con decisión la fuerte voz del hombre que había ofrecido trece.
Hubo un momento de silencio. La prostituta enjuta, huesuda, de cabellos blancos y pechos caídos, parecía no valer más.
– ¡Quince piezas de plata y una medida de cebada!, agregó otra vez la voz sonora, con una contundencia que eliminó toda oposición.
El martillero miró en derredor y al observar que habían cesado las ofertas, dijo:
– Vendida al Señor Oseas por quince piezas de plata y una medida de cebada.

Después de la compra, Gomer le pertenecía nuevamente a Oseas, pero en una forma distinta. Ahora era su amo y ella su esclava. Tenía derecho a hacer con ella lo que quisiera, incluso podía castigarla y aún matarla con toda impunidad. Pero en lugar de ello la vistió, la condujo con afecto entre la multitud y la llevó nuevamente a la casa. Entonces, bajo la cálida mirada del afecto reconfortante, le hizo una oferta inaudita. Le propuso un nuevo casamiento, construir un nuevo vínculo de amor sobre la base del perdón, el afecto recíproco, la solidaridad y la lealtad.
«Le dije: ‘Por mucho tiempo serás mía;
no te prostituyas ni te entregues a otro hombre,
y yo también te seré fiel'» (Os.3: 3; DHH).

Autor: Mario Pereyra (Psicología)

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